Los
Jóvenes necesitan el encuentro con Dios:
«Dejen que los niños vengan a mí y no se lo impidan,
porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos. En verdad
les digo: quien no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará
en él» (Mc 10,14-15; Mt 19,; Lc 18, ).
¿Por qué?
La juventud tiene algo que decir sobre Dios y su significación:
«No dejes que te critiquen por ser joven. Trata de ser el modelo
de los creyentes por tu manera de hablar, tu conducta, tu caridad, tu
fe y tu vida irreprochable. Mientras llego, dedícate a la lectura,
a la predicación y a la enseñanza. No descuides el don
espiritual que recibiste de manos de profetas cuando el grupo de los
presbíteros te impuso las manos» (1Tim 4,12-14).
Joven modelo ¿será posible?
¿Qué dones espirituales tiene un joven de hoy?
La Juventud tiene riesgos, pero también ideales y sabe discriminar:
«Evita los deseos desordenados, propios de la juventud. Busca
la rectitud, la fe, el amor, y ten buenas relaciones con aquellos que
invocan al Señor con corazón puro. Pero evita las cuestiones
tontas e inútiles, pues sabes que originan peleas» (2Tim
2,22-23).
¿Se puede pedir y qué a los jóvenes?
¿Es cierto que se percatan que hay conflictos tontos?
¿Qué virtudes mayormente pueden estimular a los jóvenes?
Los jóvenes tienen un olfato especial:
«Esto les escribo, jóvenes: ustedes han vencido al Maligno.
Les he escrito, hijitos, porque ya conocen al Padre ... Les he escrito,
jóvenes, porque son fuertes, la Palabra de Dios permanece en
ustedes y ya han vencido al Maligno» (1Jn 2,12.14).
¿Hay como un conocimiento sencillo de Dios por parte de los jóvenes?
¿Tienen alergia al mal los jóvenes?
¿Qué tal si leemos con atención los versículos
aquí cerca?
Qué visión del mundo presente y del mundo posible nos
presenta?
¿No podría ser una pista de opción y de acción?
Los jóvenes hay que cuidarlos, en el sentido de estimularlos,
esperar algo o mucho de ellos. Sin duda la entrega pedagógica
de los Barnabitas puede tener su fuente en esa invitación del
Fundador, San Antonio M. Zaccaria: «teme no tener buen cuidado
de todos los hombres en lo que puedas con ejemplos, amonestaciones o
hechos, porque: "Unicuique mandavit Deus de proximo suo" -a
cada uno (Dios) le dio órdenes respecto a su prójimo-
(Eclo 17,14), especialmente de los que te son encargados, y especialmente
de los jóvenes» [ZACCARIA, Antonio, Lettere Sermoni Costituzioni,
Roma 1996, p. 83; tr. esp. Los Sermones, Provincia chilena 1983, p.
53.].
¿Sienten suficiente cuidado por parte de los adultos?
¿Con qué ejemplos, amonestaciones o hechos pueden ustedes
cuidar a sus compañeros o mutuamente cuidarse?
¿Te acomoda o te incomoda que los adultos se desvelen por ti?
Podrían describir una correcta relación adulto-joven?
No poner límite al propio crecimiento. No por estúpido
orgullo, sino porque hay que devolver a Dios oportunamente desarrolladas
las capacidades que nos entregó.
«No vayan a pensar los dos que el cariño que les tengo
y los dones y buenas disposiciones que veo en ustedes, puedan permitirme
que yo me conforme con una santidad común y corriente. Deseo
y quiero -y los dos son bien capaces- que lleguen a ser grandes santos,
con tal que tomen la firme determinación de devolverle más
bellos los dones y multiplicados los talentos al Crucifijo, del cual
los han recibido.
Llevado por la ternura y afecto que les tengo, me veo obligado a suplicarles
que tengan a bien complacerme en esto; porque yo conozco la cumbre de
la perfección a la que los tiene destinado el Crucifijo, conozco
la abundancia de las gracias que les ha otorgado, los frutos que quiere
obtener y el grado a que quiere llevarlos» [ZACCARIA, Antonio,
Lettere Sermoni Costituzioni, Roma 1996, p. 39; tr. esp. Las Cartas,
Provincia chilena 1984, pp. 49-50.].
¿Será correcto que el santo -y los Barnabitas tras él-
nos propongan ideales muy altos?
¿Cómo reconocer los «talentos» que tiene cada
cual?
¿Qué es un talento?
¿Qué es un «gran santo»?
Puede indicar algún santo de nuestros días y trazar su
identidad.
San Antonio María tiene mucho temor y casi alergia al «basta»,
al hasta aquí no más, a la mediocridad. Quien vive en
un ambiente que se mueve según su espiritualidad debe hacerse
cargo de esta realidad: nos quiere siempre en tensión hacia algo
más.
«no juzgando necesario lo que lo es, se lo tiran a la espalda
y descuidan observarlo, y progresivamente se entibian y dicen: “¡Basta!
Con tal de salvarme y guardar los mandamientos, con tal de salvar mi
alma, basta: ¡No me interesa ser tan santo!” .
¡Pobres! No se dan cuenta de cuanto peligro corren, al no observar
los consejos, de no guardar tampoco los mandamientos. Observa la experiencia.
Los que comulgan y se confiesan una vez al año y dicen: "¿Para
qué confesarse tanto? ¡A mí me basta confesarme
una vez al año!", obsérvalos: los verás caer
en blasfemias y otros pecados mortales. Los que comulgan con frecuencia
no corren este peligro, pues no caen tan a menudo y se levantan más
prontamente» .
«Es, por cierto, deshonra grande para servidores de Dios decir:
"Me basta honrar a Dios hasta aquí"» [ZACCARIA,
Antonio, Lettere Sermoni Costituzioni, Roma 1996, p. 131; tr. esp. Constituciones,
Provincia chilena 1984, p. 32.].
¿Cómo evitar la tentación de la mediocridad?
¿Será visible en nuestras actividades la invitación
a no quedarse en lo mínimo?
Evitar la sobradez de quien estima que puede bastarse a sí mismo.
Es una tentación frecuente y no lleva a ninguna parte. No se
sabe de quien pueda ser maestro a sí mismo. Todos pueden enseñarnos
y a todos podemos enseñar; de todos podemos aprender y podemos
hacer que aprendan. «la soberbia les hace creer valerse por sí
solos y por sí solos saber y poderse regir»"»
[ZACCARIA, Antonio, Lettere Sermoni Costituzioni, Roma 1996, p. 127;
tr. esp. Constituciones, Provincia chilena 1984, p. 29.].
Evitar la dilación infinita de las cosas. Más bien decidirse.
Expresa el santo extensamente lo peligrosa que es la indecisión
y cómo es oportuno ya tomar un camino: «¡Qué
gran desdicha es la nuestra! ¿Por qué admitir en la práctica
del bien esa misma inestabilidad e indecisión, que deberíamos
tener y usar exclusivamente en huir del mal? Muchas veces me causa gran
admiración el ver que en mí sigue reinando una tan fuerte
irresolución, desde hace varios años. Cierto es que si
hubiese seriamente meditado sobre los males que trae el estado de irresolución,
tiempo ha que habría desarraigado esta mala hierba en mi alma.
He aquí sus efectos: Ante todo impide al hombre de hacer progresos,
ya que, colocado como entre dos cebos o imanes, no es atraído
por ninguno de los dos; o sea, no hace el bien presente porque mira
el venidero, y no hace tampoco el bien venidero porque se siente atraído
por el presente, perdiendo de vista el bien futuro. ¿Saben ustedes
a quién se asemeja este hombre? A uno que quiere dos cosas contrarias.
Ahora bien, el que persigue dos liebres -dice el refrán- ve una
huir y la segunda ir a escape. En tanto el hombre es indeciso y dudoso,
jamás sabrá hacer algo bueno; lo demuestra la experiencia,
sin necesidad de aportar otras pruebas.
En segundo lugar, la irresolución o falta de resolución
hace al hombre voluble como la Luna. En tercer lugar, el hombre indeciso
está siempre inquieto e inseguro, y nunca se siente contento,
ni siquiera cuando todo marcha a las mil maravillas, en efecto, por
una nonada es presa de la tristeza o del enfado, y lo único que
ansía son los consuelos.
¿La causa de todo esto? Para ser sincero, diré que esta
mala hierba nace de la falta de luz sobrenatural en nosotros. En efecto,
el Espíritu Santo va derecho al fondo de las cosas, y jamás
se detiene en la superficie. El hombre en cambio, por no ver el fondo
de las cosas, no sabe cómo resolverse.
Yo digo que esta irresolución es, a la vez, causa y efecto de
la tibieza, en cuanto el hombre tibio, al tener que deliberar sobre
algo, ve razones a montones, pero no sabe decidir cuáles son
las buenas y cuáles no; y por ende, queda como en suspenso, no
decidiéndose nunca qué tomar o qué dejar.
Resultado: si antes dudaba por corto trecho, ahora dudará por
uno larguísimo. Así, pues, el hombre falto de decisión
cae fatalmente en la tibieza y en el relajamiento. Si alguien quisiera
enumerar las causas y los malos efectos de la irresolución, no
acabaría en todo un año. Aunque en un hombre no hubiese
más que el mal de la irresolución de que hablo, sería
ya demasiado; porque mientras duda, ese hombre queda inactivo»
[ZACCARIA, Antonio, Lettere Sermoni Costituzioni, Roma 1996, pp. 9-10;
tr. esp. Las Cartas, Provincia chilena 1984, pp. 8-9.].
La indecisión es no sólo falta de confianza en sí
mismo, sino falta de fe.
Un joven barnabita será decidido; no imprudente o alocado, pero
firme.
¿Cómo conseguir esa capacidad de decisión acertada?

Quien no crece, lo cierto es que no se queda, sino que retrocede. «no
avanzar es retroceder», «el hombre en la vida espiritual:
o crece en la virtud, o -al no crecer- se estanca en el vicio, y así
se alejó de la virtud y volvió atrás » [ZACCARIA,
Antonio, Lettere Sermoni Costituzioni, Roma 1996, p. 129.97; tr. esp.
Constituciones, Provincia chilena 1984, p. 31; Los Sermones, Provincia
chilena 1983, p. 74.].
¿Estamos convencidos que la mejor manera de evitar el vicio es
crecer en la virtud?
¿Cómo cautelar que seamos capaces de plantearnos siempre
nuevas metas?
El prójimo es una preocupación constante de quien se alberga
bajo la espiritualidad barnabita. Es hacer verdad eso de los mandamientos
más importantes: Dios bien acogido, el prójimo oportunamente
apreciado y amado. El santo insiste muchísimo y –además-
es un tema de siempre en el crecimiento y un aspecto fundamental del
mensaje cristiano. Si no son los jóvenes que ayuden a hacer de
nuestra sociedad algo más vivible, ¿quién será?
«echemos a correr como locos no sólo hacia Dios, sino también
hacia el prójimo, el cual nos ofrece el medio de dar a Dios lo
que no podemos darle directamente, no teniendo Él necesidad de
nuestros bienes»; «olvidándose totalmente de sí
misma, no quiera más que servir a los prójimos; a lo cual
pospondrá su propio interés, convencida de que obtendría
una buena ganancia si, en lugar de preocuparse de sí misma, se
preocupa exclusivamente del provecho ajeno ... Una cosa no deben olvidar,
y es que nuestros beatos Padres (S. Pablo y Fray Bautista de Crema)
nos han mostrado un amor tan grande y noble por el Crucifijo, tal generosidad
en los padecimientos y abnegación de sí mismos, tal deseo
e interés por la conquista de las almas y por la perfección
consumada de los prójimos, que si no tenemos nosotros los mismos
deseos ilimitados por estas cosas, no tendremos derecho a ser llamados
sus Hijos e Hijas, sino más bien, unos engendros ilegítimos
y bastardos» [ZACCARIA, Antonio, Lettere Sermoni Costituzioni,
Roma 1996, pp. 11-12.21; tr. esp. Las Cartas, Provincia chilena 1984,
p. 11.24-25].
Al prójimo no hay que ofenderlo ni entristecerlo: «Arranca,
arranca la ofensa del prójimo, no lo entristezcas ... gasta tu
tiempo en ayudar el prójimo » [ZACCARIA, Antonio, Lettere
Sermoni Costituzioni, Roma 1996, pp. 54.55; tr. esp. Los Sermones, Provincia
chilena 1983, pp. 17.18.].
El amor al prójimo es la mejor manera de manifestar el amor que
se tiene a Dios (cf. 1Jn 4,20): «Puedes comprender, Amadísimo,
la necesidad del amor a Dios; y si eres inteligente (como eres) , desearás
conocer cómo adquirir esta caridad y averiguar si la tienes.
Una misma cosa la hace adquirir, aumentar y crecer; y además
la muestra, si está. ¿Sabes cuál es? Es la caridad,
el amor al prójimo» ... «si esto no te parece suficiente
para convencerte que el amor del prójimo provoca y manifiesta
el amor a Dios, a lo menos te convenza esto: Dios para ello se hizo
hombre; y que Cristo haya dicho: "Este es mi mandamiento: que se
amen unos a otros" (Jn 15,12), "En esto conocerán que
son mis discípulos: si se aman unos a otros" (Jn 13,35).
Y en la rendición de cuentas del juicio final dirá: "Apártense,
malditos, porque tuve hambre, etc."; y al decir ellos: "Domine,
ubi te vidimus esurientem etc." -Señor, ¿dónde
te vimos hambriento, etc.?-, responderá: "Quod uni ex minimis
meis non fecistis, mihi non fecistis" -Lo que dejaron de hacer
con uno de estos hermanos míos pequeños, conmigo dejaron
de hacerlo- (Mt 25,45).
Y tan necesario es este amor, que Pablo deseaba ser anatema por sus
hermanos (Rm 9,3). Y a través de toda la Escritura, Amadísimo,
averiguas que Dios pone al prójimo como medio para alcanzar su
Majestad.
¿Quieres, pues, ascender a la perfección? ¿Quieres
adquirir algo de espiritualidad? ¿Quieres amar a Dios y ser su
querido y buen hijo? Ama al prójimo, oriéntate hacia el
prójimo, dispón tu ánimo para hacer el bien al
prójimo y no ofenderlo». En fin: « el medio del amor
a Dios es el amor al prójimo» [ZACCARIA, Antonio, Lettere
Sermoni Costituzioni, Roma 1996, pp. 77.79.83; tr. esp. Los Sermones,
Provincia chilena 1983, p. 46.48-49.54.].
¿Cuánto nos importa el prójimo?
Puestos a escoger entre el capricho propio y el socorro que podemos
dar, ¿cómo nos decidimos?
Armemos una forma de vida que tenga al prójimo como eje.
R.p.
Giulio Pireddu Pes.